Fiesta, fama y un triángulo amoroso que cambió la historia de la moda: así fueron los locos 70 de Karl Lagerfeld

Begoña Gómez Urzaiz — El Karl Lagerfeld que aparece en todos y cada uno de los obituarios el día de hoy es el Lagerfeld que salió en Los Simpson, el que todo el planeta recuerda, en sus versiones pre y artículo dieta draconiana: la coleta blanca, las lentes de sol, el cuello apergaminado y la corbata negra. Ya antes de adoptar esa imagen, hubo otro Kaiser, el de los setenta, del mismo modo sardónico, esporádicamente sonriente, con una ambición a la altura de su talento (los dos fuera de lo común) y considerablemente más espacio para el hedonismo del que dejaron sus últimos años. Fueron los años de la intriga y la celebración, con un reparto lleno de personajes librescos.\

Reclutado por Gaby Aghion, la creadora de Chloé, Lagerfeld no tardó en hacerse con los mandos y las chombas merchandising de la casa. Si bien en un inicio el alemán, que venía con experiencia en chombas Balmain y Patou, era solo uno más del equipo de stylistes (se llamaba de esta forma a los diseñadores de prêt-à-porter, para distinguirlos de los couturiers), pronto se reconoció su diferencia. Ya en mil novecientos sesenta y cinco, Vogue Paris acreditó un vestido como “Chloé por Karl Lagerfeld”. Su estilo era simple de distinguir: suprimió los forros que aún compactaban muchas prendas y también introdujo detalles como la puntada en zigzag (algo que hacía asimismo Sonia Rykiel) o bien los dobladillos sin rematar. La idea era crear una suerte de simplicidad compleja. “La esencia del vestuario moderno, desestructurado, ligero, plenamente femenino…una camisa y una falda, que haya que mirar un par de veces para descubrir el refinamiento del lujo”, declaró el diseñador a Vogue América en mil novecientos setenta y cinco. Ese año, la prensa se rindió a sus 2 compilaciones. Women’s Wear Daily afirmó de sus prendas de primavera verano: “sus doscientos modelos rompedoras hacen para las formas deconstruídas lo que Balenciaga hizo en su día para las prendas recias. Anuda sus frágiles camisas de crepe y sus camisas con un pañuelo-cinturón…deja que la mujer cree la manera de ese vestido”. En el Herald Tribune, la influyente Hebe Dorsey dijo: “con un mínimo de costuras, semeja que sus prendas se mantienen por pura magia. Ciertos de sus vestidos no son más que dos rectángulos, el delantero doblado sobre el siguiente. Como resultado, todo flota”.

Alén de sus técnicas y del reconocimiento que pudiese tener en el mundo, los desfiles de Chloé en los setenta eran un festival que absolutamente nadie deseaba perderse. Como haría después en Chanel, Lagerfeld se cuidaba de crear acontecimientos que trascendían la moda y comprendía el star power de modelos como Pat Cleveland, que cimbreaba sobre la pasarela vestida con sus prendas flotantes.vogue espana

Asimismo se divertía. Se dejaba ver en el Café de Flore con estilismos extravagantes: bañadores con tacones, foulards alrededor del cuello, 2 bolsos en vez de uno: uno de mano y una maleta que podía estar llena hasta los encuentres de joyas art deco. Le acompañaba gente como el ilustrador de origen puertorriqueño Antonio Lopez y su pareja, Juan Ramos, la actriz y modelo Donna Jordan, conocida por su sonrisa con diastema y a la que se conocía como “Disco Marilyn”, o bien el maquillador y modelo Corey Tippin. Si Andy Warhol andaba por París, y Lagerfeld acababan inevitablemente formando una parte del mismo retablo nocturno. De él, afirman, copió la idea de llevar siempre y en todo momento un abanico que lejos de ocultarles, multiplicaba la atención.
En el reportaje Antonio Lopez: Sex, Fashion & Disco, en el biopic Saint Laurent, de Bertrand Bonnello, y en muchos libros de la temporada se habla de las 2 pandillas que regían París en la temporada, cada una con su tiránico emperador al frente, la de Lagerfeld y la de Yves Saint Laurent. Los dos habían sido amigos y, indudablemente, reconocían su talento mutuo, mas llegaron a ser cordiales oponentes. En el centro de su rotura hubo un personaje proustiano que fue pareja de los 2, el obscuro dandy Jacques de Bascher. La cronista Marie Ottavi retrató ese complejo triángulo en el libro Dandy de L’ombre (Segier). Ahí logró que el propio Lagerfeld charlase por vez primera del que fue su pareja platónica (según él, no practicaban sexo) a lo largo de dieciocho. “Yo amaba a ese muchacho mas no tenía contacto físico con él. Como es lógico, me cautivaba su encanto personal”. Saint Laurent sí habría tenido un asunto con De Bascher, a quien le maravillaba el planeta del sadomasoquismo, con conocimiento de Lagerfeld y para furia eterna de Pierre Bergé, la pareja de Saint Laurent, que pensaba que el alemán había mandado a aquel personaje para desequilibrar la marca.

“Cuando era joven, Jacques de Bascher era el diablo con la cara de Greta Atractivo. Vestía como absolutamente nadie, iba por delante de todo el planeta, me hacía reír más que absolutamente nadie. Era lo opuesto a mi. Asimismo era imposible y aborrecible. Era perfecto. Provocaba enormes casos de celos”, confesó Lagerfeld a Ottavi sobre el que se piensa que fue su único amor auténtico. Si bien su relación era curiosamente casta, de Bascher sí tenía un insaciable hambre sexual (cogía el Concorde para ir a hacer cruising al club neoyorkino Mineshaft y coleccionaba amantes tal y como si fuesen cromos o bien miembros de Village People: el policía, el tenista, el actor, el bombero, el filósofo…) y en una ocasión, en el mes de octubre del setenta y siete, organizó un acontecimiento en honor del diseñador. Mandó convidaciones a mil quinientos personas, pidiéndose que vistieran de “absolutamente obligatorio, trágico negro” para acudir a una performance sadomasoquista.

La llegada del Sida acabó con aquella escena de hedonismo salvaje. Lagerfeld le contó a la cronista que en mil novecientos ochenta y ocho cuidó a De Bascher hasta el final, cuando este enfermó por dificultades del SIDA. Dormía en una cama auxiliar del centro de salud y le mantenía la mano, afirmó.

La historia contrasta con la que se cuenta en el reportaje de Antonio López. Ahí, Bill Cunningham, el venerado y virtuoso fotógrafo del New York Times apenas puede contener las lágrimas cuando explica de qué forma Lagerfeld rechazó asistir al ilustrador, asimismo enfermo de Sida en sus últimos años. Precisaba trabajo para abonar sus facturas médicas y el diseñador de Chanel hizo oídos suecos. Por último, fue Oscar de la Renta quien se encargó de los gastos hospitalarios.

El Lagerfeld que surgiría tras aquella década desmedida parecía otro. Se describía como un “puritano total”, “calvinista para mí y también clemente para los demás”. Y gozó encarnando lo mejor y lo peor de la moda, desde la capacidad para dar decenas y decenas de compilaciones por año (si se aúnan todas y cada una de las divisiones de Chanel, Fendi y su marca) sin bajar el listón a la patológica obsesión con la juventud, escogiendo a musas que iban perdiendo años conforme los sumaba.